domingo, 14 de octubre de 2012

"El Mendigo"



Un hombre con un paraguas se despertó y dio un respingo sobre su asiento.
Todo el vagón levanto la mirada, algunos dejaron de leer, otros abandonaron su estado pensativo y otros simplemente escucharon…

-Buena tarde señora y señore.
-Llevo todo el día recogiendo comida de aquí para allá, de allá para acá.
.Tengo mujer e hijos, estoy en  paro como la milloná de españole.
-Llevo comida pa que mi hijos coman, porque si no comen se mueren y si se  mueren me quedo sin mis hijo.
-Vivo en un pueblo de la sierra de Madrid y no tengo dinero para coger el autobús que sale de Príncipe Pío.
-Y si no puedo llegar con la comida, ello no comen y no vale pa na esta comida.
-Grasia Señora y Señore po su atención.

El necesitado, caminaba a pasitos pequeños por el vagón. Se apoyaba en una garrota de pastor, con el cuerpo vencido hacia delante. En la otra mano llevaba una bolsa, por un lado asomaba unas barras de pan.
Su ropa se observaba limpia, sus botas sin restos de suciedad a pesar de llevar horas y horas caminando  recogiendo comida para su familia.

Los viajeros mantuvieron la mirada en alto, el tren frenó y el mendigo dejo de caminar a pasos chiquitos para realizar zancadas de atleta, su cuerpo dejó de estar vencido y su porte era recto, inflexible, seguro de si mismo…Fueron décimas de segundo, que se conviertiron en minutos enteros, era como presenciar los 100 metros lisos en las olimpiadas.

¿Dónde estaba el pobre  incapacitado que se apoyaba en una garrota? ¿El de paso corto, inseguro y de voz temblorosa?
 Ese ejecutivo de 18000 euros mensuales, de porte elegante, voz indudable, multilingüe, agresivo comercial, ese que pensaba que todo en su vida estaba controlado, hasta que un día el polvo de oro le controlo a él…

Todo volvió a la normalidad, el mendigo retornó a su paso inseguro, termino de recorrer el vagón y regresó al punto de partida con los bolsillos vacíos, su bolsa de pan y su garrota.

Se dio cuenta que no convencía al personal, que había perdido toda la credibilidad y ante su desesperación volvió a decir.

Señores y Señoras, mucha gracias por su atención, tan solo unas última palabras.
Ustedes hacen que hable mal, no me dan dinero porque no les sale de los cogones, como su familia tiene para comer, a la de los demas que la den por culo.
 Gracias.
 Los viajeros  bajaron las miradas desconcertados por lo que acababan de escuchar, algunos sonrieron, y los más atrevidos criticaron, como si de un libro, obra de teatro, una película se tratará.
Otros abandonaron el vagón al llegar a su destino. Y el mendigo siguió recorriendo los vagones y repitiendo otra vez su discurso; pero algo había ocurrido en su interior, sabía que había perdido toda credibilidad, que sus palabras no le valían para convencer y que su bastón y su paso corto, inseguro y tembloroso no daban crédito a lo que su voz quería trasmitir.
Y decidió cambiar…

Y el hombre del paraguas, recapacito y le hizo pensar y darse cuenta que él, podría ser uno de esos mendigos que recorría cada de día los vagones, algo había pasado en minutos. Se levanto y con paso firme y seguro se acerco al mendigo y le introdujo un billete de 100 euros en el bolsillo, mientras le susurraba al oído.

Haz algo importante con este dinero, pero no lo malgastes en cosas innecesarias, como un día malgastaste tu vida y yo estoy malgastando la mía.

Siempre hay un antes y un después, nunca volveremos a ser lo que fuimos, pero sí podemos rectificar y aprender de nuestros errores

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