Un hombre
con un paraguas se despertó y dio un respingo sobre su asiento.
Todo el
vagón levanto la mirada, algunos dejaron de leer, otros abandonaron su estado pensativo y otros simplemente escucharon…
-Buena tarde señora y señore.
-Llevo todo el día recogiendo
comida de aquí para allá, de allá para acá.
.Tengo mujer e hijos, estoy en paro como la milloná de españole.
-Llevo comida pa que mi hijos
coman, porque si no comen se mueren y si se
mueren me quedo sin mis hijo.
-Vivo en un pueblo de la
sierra de Madrid y no tengo dinero para coger el autobús que sale de Príncipe Pío.
-Y si no puedo llegar con la
comida, ello no comen y no vale pa na esta comida.
-Grasia Señora y Señore po su
atención.
El necesitado,
caminaba a pasitos pequeños por el vagón. Se apoyaba en una garrota de pastor,
con el cuerpo vencido hacia delante. En la otra mano llevaba una bolsa, por un lado
asomaba unas barras de pan.
Su ropa se
observaba limpia, sus botas sin restos de suciedad a pesar de llevar horas y
horas caminando recogiendo comida para
su familia.
Los
viajeros mantuvieron la mirada en alto, el tren frenó y el mendigo dejo de
caminar a pasos chiquitos para realizar zancadas de atleta, su cuerpo dejó de
estar vencido y su porte era recto, inflexible, seguro de si mismo…Fueron
décimas de segundo, que se conviertiron en minutos enteros, era como presenciar
los 100 metros
lisos en las olimpiadas.
¿Dónde estaba
el pobre incapacitado que se apoyaba en una garrota? ¿El de paso
corto, inseguro y de voz temblorosa?
Ese ejecutivo de 18000 euros mensuales, de porte elegante, voz indudable, multilingüe, agresivo comercial, ese que pensaba que todo en su vida estaba controlado, hasta que un día el polvo de oro le controlo a él…
Ese ejecutivo de 18000 euros mensuales, de porte elegante, voz indudable, multilingüe, agresivo comercial, ese que pensaba que todo en su vida estaba controlado, hasta que un día el polvo de oro le controlo a él…
Todo volvió
a la normalidad, el mendigo retornó a su
paso inseguro, termino de recorrer el vagón y regresó al punto de partida con
los bolsillos vacíos, su bolsa de pan y su garrota.
Se dio
cuenta que no convencía al personal, que había perdido toda la credibilidad y
ante su desesperación volvió a decir.
Señores y Señoras, mucha
gracias por su atención, tan solo unas última palabras.
Ustedes hacen que hable mal, no
me dan dinero porque no les sale de los cogones, como su familia tiene para
comer, a la de los demas que la den por culo.
Gracias.
Los viajeros bajaron las miradas desconcertados por lo que acababan de escuchar,
algunos sonrieron, y los más atrevidos criticaron, como si de un libro, obra de
teatro, una película se tratará.
Otros
abandonaron el vagón al llegar a su destino. Y el mendigo siguió recorriendo
los vagones y repitiendo otra vez su discurso; pero algo había ocurrido en su
interior, sabía que había perdido toda credibilidad, que sus palabras no le
valían para convencer y que su bastón y su paso corto, inseguro y tembloroso no
daban crédito a lo que su voz quería trasmitir.
Y decidió
cambiar…
Y el hombre
del paraguas, recapacito y le hizo pensar y darse cuenta que él, podría ser uno
de esos mendigos que recorría cada de día los vagones, algo había pasado en
minutos. Se levanto y con paso firme y seguro se acerco al mendigo y le
introdujo un billete de 100 euros en el bolsillo, mientras le susurraba al oído.
Haz algo
importante con este dinero, pero no lo malgastes en cosas innecesarias, como un
día malgastaste tu vida y yo estoy malgastando la mía.