Flor se enjuaga las canas en
el café de las 5. Postrada entre ruedas, asoma su mirada a través del ventanal.
60, 59,58…ringggg se oye en
toda la calle, es la sirena del colegio. Todos los viernes hace el mismo
ritual, tuerce su silla de rueda, limpia sus lentes, cuadra todos sus libros y
mentalmente se hace una pregunta.
¿Qué cuento le pedirán hoy?
…………………..
Suso, Moni y Pepín, meriendan
en la cocina su pan con chocolate. Hoy
la mamá no repetirá la misma frase de todos los días; es viernes y los
viernes toca tarde de cuentos en casa de la señorita Flor, esa viejita del bajo
derecha que fue periodista, y que ahora
espera en cualquier momento la visita de la parca.
……………………..
La puerta ha sonado y Priscila la asistenta
personal de la Srta. Flor, se dispone abrir, no le sorprende la llamada porque
sabe que todos los viernes a las 17:30 los niños del barrio visitan a la
anciana.
La merienda preparada, esas galletas de chocolate
blanco con frambuesa, chocolate caliente y las mini sillas que mando comprar en
ikea para que los niños se sentaran a su alrededor.
………………………….
Los niños pasan y besan a la
anciana, hoy la han traído un ramillete de margaritas. A la longeva se le
ilumina la cara con emotivo gesto; sabe que las han recogido del jardín del Sr.
Benito, por que todos los viernes a las
12 le oye refunfuñar:
-¡Malditos niños!, otra vez
me han cortado las flores para la vieja…
Flor llena la garganta con su
propia saliva y lanza la pregunta:
-a ver niños,
¿qué cuento queréis hoy?
-El de la cuca, el de la cuca
dice Pepín.
-¿El de la cucaracha?? Pero
sabéis que es de miedo, mucho miedo.
-Sí, sí, porfa…
El silencio se hace en la
sala y Flor empieza su narración.
……………………………
Se llamaba Rosa, era hija de
una bella condesa.
Cuando su madre y su abuela la
vieron a la luz de las velas supieron que era especial, que su vida sería
diferente a cualquier ser humano.
De bebé dormía durante el día,
por las noches las pasaba en vela reptando
por su cuna.
Cuando aprendió a caminar,
empezó a comer pequeños insectos que se encontraba en el jardín o en cualquier
rincón de la casa. Esto generó un rechazo por parte de su madre y de su abuela
y poco a poco Rosa pasó a ser una niña marginada.
Nunca fue al colegio, su mamá
así lo dispuso, no quería sufrir los comentarios de la gente.
Y así, Rosa pasó a vivir
entre la cocina y el sótano.
Nunca supo cuando se
convirtió en una mujer, hasta que un día al pasar por delante de un espejo del
pasillo se miró y lentamente recorrió con su mirada la dureza de sus facciones,
la profundidad de sus ojeras, la desproporción de sus orejas y esos pómulos
hundidos. Entonces entendió por qué su madre no la quería.
Era muy fea, sólo tenía
bonito su pelo negro azabache, largo y liso.
Una lágrima ácida recorrió su
cara y le hizo prometerse que jamás volvería a mirarse en un espejo.
La gustaba jugar con
plastilina y modelar caras bonitas, ¿cuántas veces se había imaginando
modelando su propia cara?
Un día cuando llegó la noche
decidió terminar esa farsa que tanto la hacía sufrir y sigilosamente, como una
cucaracha dejó que el matarratas terminara con la vida de las dos.
Me llamo Rosa de día y Cuca
de noche.
Sé que soy especial, mi madre
y mi abuela lo decían. Ellas me han convertido en lo que soy…una mujer oscura
por el día y una cucaracha por la noche.
Cuenta mi abuela que cuándo
mi madre supo que estaba en estado de buena esperanza, pidió a los ángeles de
luz que le enviasen un bonito bebé.
Para su disgusto, no se
cumplió su petición.
Y me enviaron a mí, una niña
enclenque, de pelo negro y lacio, ojeras profundas y de carácter enfermizo.
Hace tiempo que ya terminé
con ellas; recuerdo que fue de poco a poco, lentamente, como me gusta a mí, ¡verlas
sufrir!, sentir como se les escapa la vida, como se me escapo a mí la hermosura,
esa lindeza que tanto anhelé.
La noche está llegando y con
ella mi cuerpo se convertirá de nuevo en un ser negro y oscuro en busca de su
presa, no vale cualquier presa, deben de ser bellas.
Salgo del portal a oscuras,
recorro la cuidad en mi furgoneta, a la espera que pase la mujer más hermosa,
la veo, la sigo y al menor descuido la ataco por la espalda.
Ya la tengo, tumbada y
amordaza en el sótano de mi casa. Inconsciente, débil y frágil recorro con el
filo de una aguja de ganchillo sus ojos. He preparado la jeringa de silicona,
la pincho por la cara y juego con su piel como si de plastilina se tratará.
Ahora si, está perfecta, por
fin alguien que se parece a mí.
Otra más en mi colección…
María José Cea Villaoslada
Abril 2013
joer!!! que mal rollo me ha dado la cuca esta...aisssss
ResponderEliminarme ha recordado al silencio de los corderos